¿Por qué deberías aprender a hacer y aplicar planes de acción? (si aún no lo has hecho)

Las características que deben cumplir los objetivos de tus Planes de Acción.

Del mismo modo que todos asumimos que para llegar a nuestro destino de viaje de forma segura y eficiente necesitaremos un GPS, un mapa o quizás  una brújula (lo de preguntando se llega a Roma lo aceptaremos también para no contrariar al sabio refranero), a lo largo de mi carrera he encontrado a cientos de directivos y mandos intermedios que en lugar de plantearse unas metas profesionales determinadas, relativamente específicas, concretas… a priori han optado sumirse en el día a día, dejarse llevar y conducir no sólo sin GPS o mapa, sino incluso con los faros apagados.

En entornos profesionales como el que nos ha tocado vivir en este tiempo y contexto (inestables, cambiantes, globales, extremadamente tecnológicos…) la inercia es un compañero peligroso de viaje que puede llevarnos a no frenar a tiempo o cambiar de rumbo cuando es necesario. Es por ello que los planes de acción pueden ser una buena forma de pararnos de vez en cuando y salir de la vorágine de lo urgente (que no coincide con lo importante necesariamente). Y es que si eres leñador, tal vez talar árboles sólo sea la segunda cosa más importante después de afilar el hacha ¿verdad?

Cuando pregunto a nuestro alumnos en las empresas en qué competencias querrían mejorar, la mayoría tiene claro (de forma más o menos definida) cuáles son sus puntos débiles. Una buena parte de ellos creen saber qué hacer para desarrollarlas y muy pocos realmente se están ocupando de forma consistente y sistemática de reforzar su talón de Aquiles.

El problema es que, como dicen los anglosajones “el diablo está en los detalles” (the devil is in the details) y generalmente acabamos olvidando que lo que no se formula de manera concienzuda no se puede medir de forma minuciosa, lo que no se puede medir no se puede monitorizar (registrar), lo que no se puede monitorizar no se puede controlar y lo que no se puede controlar no se puede mejorar. Es por eso que los planes de acción o compromisos de mejora, más allá de un papel, o un excel más de los millones que debemos tener en nuestros despachos son, ante todo, una herramienta extremadamente sencilla y eficiente a la que con seguridad deberemos prestar atención de cara a mejorar como profesionales.

Pero ¿qué sería un plan de acción? En síntesis, y aunque hay infinidad de maneras de realizarlos, el plan de acción es un proceso de mejora profesional que abrimos con el objetivo de reforzar un aspecto competencial concreto, solucionar un problema determinado o mejorar algo con lo que no estamos completamente satisfechos.

No es un “apaga-fuegos”, ni un simple papel donde ponemos planes y dejarlos ahí, es un compromiso de mejora con nosotros mismos donde realmente nos “mojamos” y establecemos una serie de acciones, responsables y plazos. Aunque como digo hay muchas maneras de operativizarlos, si debe cumplir unos mínimos que se resumen en la conocida regla MARTE:

  • Medible: todo, absolutamente todo es medible, de manera directa o indirecta, creedme en el campo de la psicología he visto medir cosas que nunca pensaríais,
  • Alcanzable: desde luego siempre con los pies en la Tierra, aunque la regla se llame Marte;
  • Relevante: obviamente estamos aquí para conseguir cosas significativas;
  • Temporalizado: las leyes de Parker explican con mucho sarcasmo que da igual cuántos ingresos tengamos porque los gastos siempre acabarán alcanzándolos y que cualquier proyecto se alarga de manera proporcional hasta agotar el tiempo que tenemos para realizarlo;
  • Específico: si no sabemos concretar qué queremos, tenemos un problema importante.

A partir de aquí, debemos establecer qué plazos tenemos, qué recursos necesitamos, qué personas van a ocuparse de qué cosas, cómo vamos a objetivar el progreso de la acción y finalmente si hemos alcanzado nuestro objetivo… No siempre lo conseguiremos, desde luego, pero esto sin duda será parte del proceso de aprendizaje por ensayo y error que nos llevará a estar más cerca de nuestro objetivo, hasta que lo consigamos.

Sin duda los riesgos de conducir sin luces, de noche en estos tiempos (como carreteras de montaña serpenteantes y llenas de socavones) son demasiado altos.

Miguel Sánchez Barredo

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